El conflicto
Tanto esfuerzo, ¿es necesario para vivir?
¿Tan complicada es realmente la vida?
¿Verdaderamente tiene que ser así?
Parece que vivimos en un conflicto permanente.
Desde que nacemos hasta que morimos, vamos pasando de un conflicto a otro, con algunos breves instantes de felicidad entre ellos.
Casi todo el día estamos haciendo cosas, sin apenas tiempo para vivir.
Pensando qué tenemos que hacer.
Recordando lo que no podemos olvidar.
Intentando llegar a todo.
Resolviendo una cosa mientras ya estamos pensando en la siguiente.
Y, sin darnos cuenta, no vivimos la vida; sobrevivimos, haciendo del vivir un esfuerzo constante.
Todo es energía.
Hasta el propio vacío es energía, energía sin uso y disponible.
Nosotros también formamos parte de esa energía.
En nosotros, esa energía está en uso y en movimiento continuo.
Pensar requiere energía.
Recordar requiere energía.
Preocuparse requiere energía.
Planificar requiere energía.
Y actuar también requiere energía.
Lo que somos hoy se ha ido formando con lo que hemos hecho antes.
Y la situación en la que estamos ahora también es el resultado de muchas cosas que hemos ido haciendo a lo largo del tiempo.
Muchas de esas acciones las hicimos sin darnos cuenta de lo que podían provocar.
Por eso, cuando hoy vivimos las consecuencias, no siempre las relacionamos con aquello que hicimos antes.
No es que hayamos querido llegar hasta aquí.
Es que no siempre somos conscientes de lo que nuestras acciones pueden llegar a producir.
Si esto es así…
¿Hasta cuándo tiene que seguir siendo así?
Seguirá siendo así mientras lo que está oculto en nosotros no se haga visible.
Mientras no veamos aquello que estamos haciendo sin darnos cuenta.
No hay una fórmula mágica.
No hay una pastilla que pueda hacer desaparecer lo que estás viviendo.
Tampoco se trata de encontrar algo que te haga sentir mejor durante un rato para después volver a lo mismo.
Si queremos comprender lo que estamos viviendo, tendremos que observarnos.
Porque nosotros somos eso que estamos viviendo.
Y esa observación tiene que empezar por nosotros mismos.
Un espejo puede mostrarte tu cara.
Puede mostrarte tus ojos.
Pero hay cosas que un espejo no puede mostrarte.
No puede mostrarte lo que estás pensando.
No puede mostrarte lo que estás sintiendo.
No puede mostrarte por qué has hecho lo que has hecho.
Puedes verte por fuera, pero no puedes verte por dentro.
Entonces, ¿cómo podemos vernos por dentro?
